Las noches que la extraño... Hay noches que, pensando en ella, no puedo dormir. No... no puedo olvidarle, y cuanto más lo intento, es peor. Recuerdo su aroma, recuerdo...

Las noches que la extraño...

Hay noches que, pensando en ella, no puedo dormir.


No... no puedo olvidarle, y cuanto más lo intento, es peor.

Recuerdo su aroma, recuerdo esos risos de oro puro, recuerdo que su voz era -es- la de un ángel.

Recuerdo sus ojos profundos, claros, serenos. Esa mirada de diosa, inmarcesible.... Sus ojos brillando bajo la pálida luz de mi habitación.

Su piel cuya suavidad envidiarían los pétalos más suaves de las rosas más bellas de todo el mismísimo universo.

Mirando televisión, la veo a ella reflejada en un personaje de ficción.

No puedo ocultar mi rostro de tristeza y aflicción. Ella no está. Ella nunca me quiso. Nunca quise a nadie como le quise a ella.

La sigo amando aunque en el otro lado del mundo esté su corazón palpitando... sonando fuerte como aquella noche que la tuve entre mis brazos. Sólo que ahora está en otros brazos.

Una lágrima cae...

Brillando, se desbarata en su intento de llegar al suelo...

Mejillas mojadas...

Ahogando el llanto en una almohada salada por las lágrimas.

La extraño ahora.

La extrañé antes y tal vez después.

Pero no quiero hacerlo. Ya no quiero extrañarle.

Quiero olvidarla. Quiero de mi mente yo sacarle.

Está ahí, latente, como una herida reciente, sangrando en mi mente.

Como quemadura...

Como un ácido que carcome hasta la muerte.

Quiero olvidarla. Olvidarla yo quiero.

Pero sigue ahí, escarbando mi cerebro, mostrando esas imágenes que me ponen más triste aún.

Soledad ensortijando mis ganas.

Soledad que se eterniza. Soledad que la vida me arranca de prisa.

La soledad no se va. Como tampoco ella de mi mente...

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