Rumbo a Caacupé... noventa años atrás Se acercaba el día de la Virgen de Caacupé y, como otras veces, abuela evocó con entusiasmo las peregrinaciones que hacía cuando niña desde...

Rumbo a Caacupé... noventa años atrás

Se acercaba el día de la Virgen de Caacupé y, como otras veces, abuela evocó con entusiasmo las peregrinaciones que hacía cuando niña desde Limpio, su pueblo natal.

Este es su relato y con él podemos remontarnos a la primera década del siglo pasado: años 1913, 1915.

Los preparativos comenzaban semanas antes con la confección de ropas para estrenar el día de la función patronal. Luego venían el lavado y planchado de estas y otras ropas sacadas de los karamegua. Todas almidonadas y perfumadas con pacholí.

Dos días antes de lapartida se preparaba el avío, crujientes y olorosos chipa aramirõ, chipa manduvi. También chicharõ trenzado y dulce de maní. Cuando todo estaba listo, se envolvía en manteles almidonados y se guardaba en canastos.

En la víspera del viaje apenas dormíamos.

El día siete de diciembre, muy de madrugada, empezaba el tan esperado viaje. Los adultos cargando atados y canastos; los niños, llevando bultos más pequeños, íbamos a pie hasta Luque, contentos, animosos.

Llegábamos a la estación del ferrocarril al amanecer. En espera del tren procedente de Asunción, comíamos algún chipa como desayuno.

A las siete tomábamos el tren que nos llevaría hasta Tacuaral, hoy Ypacarai. ¡Qué divertido era ver pasar casas, árboles, personas, columnas, postes, animales!...
Más gente subía en las estaciones de Yuququyry, Patiño, Areguá.

A media mañana, mamá nos convidaba con chipa y chicharõ trenzado, con lo que nos
dábamos un festín.

A mediodía llegábamos a Tacuaral e inmediatamente nos disponíamos para otra caminata. En este pueblo se podía alquilar caballos o carretas para hacer el resto del viaja, pues no había ómnibus en esa época. Tampoco había ruta. Sólo un camino de tierra.

A los que hoy viajan a pie o en vehículo por la Ruta II les debe ser difícil imaginar lo que era el cruce del cerro por su parte más alta. Desde abajo se tenía la impresión de que se llegaría en pocos minutos, pero al alcanzar lo que parecía ser la cumbre uno se daba cuenta de que había otro trecho que escalar. Y luego, otros más.

El descenso hacia el pueblo era distinto. Requería menos esfuerzo y la vista de la torre de la iglesia y las casas nos entusiasmaba.

Aunque llegábamos exhaustos a nuestra posada, la alegría nos reanimaba. Después de unas horas de descanso, nos íbamos a la novena de la Virgen, en la iglesia. Y de aquí al Tupasy Ykua, de donde traíamos agua.

En la iglesia y cerca de ella, se veía a los promeseros. Llegaban continuamente a pie, con niños en brazos unos, arrodillados otros; algunas mujeres llevando en la cabeza trozos de piedra; niños y jóvenes vestidos con túnica blanca y manto azul. Acudían desde distintos pueblos y se ubicaban en casas de amigos, en las plazas, en los patios baldíos; a orillas de los arroyos. Muchos de ellos venían en carretas con techo de cuero, verdaderas casas con ruedas.

El día ocho, muy temprano, luciendo nuestra ropa nueva, nos íbamos a la misa y después a la procesión. Una y otra vez cantábamos “Es tu pueblo Virgen Pura” y “A Dios queremos los paraguayos”. Se hacían vivas a la Virgen y a la patria.

La colorida multitud seguía a la imagen por las calles de Caacupé y traía de vuelta a la iglesia.

De nuevo en nuestra posada, con pantallas y objetos de arcilla como “recuerdo”, nos preparábamos para el regreso.

Nueva caminata hasta Tacuaral cruzando el cerro y el viaje en tren hasta Luque. De aquí, a pie hasta nuestras casas, algo cansados, muy contentos y con ganas de volver al año siguiente.

-M.J.M.